Te suena esta escena…
Llegás a una de esas formaciones de empresa. Te sientas, café en mano, y lo primero que haces es levantar la ceja mirando a tu alrededor. Algo no encaja. Y no, no es el incienso barato que encendieron para “crear ambiente”, ni la alfombra de yute recién salida de Zara Home.
Es él.
El gurucito corporativo.
El heredero emocional del cura de pueblo, pero con PowerPoint.
Ese tipo que mezcla frases místicas, palabritas en inglés y teorías sin base científica como si hubiera bajado del mismísimo monte Sinaí con un Excel bajo el brazo. Y tu piensas: “¿Este hombre está hablando en serio?”
Nunca trabajó de verdad. Viene de esas fábricas de certificados carísimos que producen ejecutivos con sonrisa blanca y alma hipotecada. Y tu ahí buscando miradas aliadas entre tus compañeros, alguien que piense lo mismo. Pero nada.
Todos asienten como si hubiesen probado MDMA por primera vez. Sonrisas beatíficas, ojos brillando. Como si un código QR les hubiera alineado los chakras.
Y entonces empieza el recital:
— “Ahora vamos a vaciarnos para conectarnos con el poder emergente del sistema.”
— “El liderazgo está en la sombra. ¡Bailála!”
— “No penséis, sentid…”
Después llega la actividad grupal.
Y ahí es donde empieza la coerción disfrazada de dinámica lúdica:
— “Sal de tu zona de confort.”
— “Tienes la mente cerrada.”
— “Si no participas, no estás siendo justo con los demás.”
¿Justo? ¿Con qué? ¿Con un sistema que en realidad busca tu sumisión emocional para luego venderlo como “crecimiento personal”?
Cuando por fin levantás la mano y preguntás con calma:
— “Disculpa, ¿de dónde vienen estas ideas? ¿Qué evidencia hay? ¿En qué teoría se basa todo esto?”
Ahí se rompe la máscara.
El gesto iluminado se tuerce. La sonrisa budista se encoge.
Ya no eres parte del grupo: eres “el problema”.
El formador, con su tono espiritual y su acento elitista, te mira con compasión impostada y te dice:
— “Estás demasiado en la mente. No sé de dónde viene… pero sé que funciona.”
¿Funciona para qué?, preguntás. ¿Cómo nos ayuda esto en el trabajo real?
El grupo, que antes flotaba, ahora te devuelve miradas de reproche. Silencios pesados.
No hay debate, solo sumisión.
Un par sonríen, cómplices, pero no se atreven a hablar.
Y ahí lo entendés.
Esto no es una formación.
Es un ritual de obediencia.
Un ejercicio de control emocional con envoltorio de “coaching transformador”.
La regla es clara:
No pienses.
No cuestiones.
No rompas el flow.
Pero una vez que viste la trampa, ya no podés dejar de verla.
¿Qué diría Solomon Asch?
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